Muertos sobre el papel

No todos los muertos son iguales. Tautologías aparte y dijera lo que dijera Víctor Manuel allá por los años 70 del siglo pasado (y en el horno se verá, que todos somos igual), hay muertos anónimos, los hay que sólo se mueren para la familia más directa, y los hay que se publicitan que te rilas. El domingo, sin ir más lejos, traía el periódico 7 esquelas, 7, para anunciar el entierro del mismo individuo: una de la familia y 6 de las empresas que tenía. Y seguro que otros periódicos, a mayor abundamiento, habrán aportado la correspondiente necrológica laudatoria de tan insigne preboste, hecha desde el sentir más profundo de alguno de sus beneficiados. ¡Qué derroche funerario!

Siempre que veo estas exageraciones mediático-escatológicas, me sucede algo similar a lo que me pasó con los múltiples artículos necrológicos que se dedicaron a Azcona. ¿No sería mejor que esos panegíricos se escribieran en vida del laudado (sobre todo si, por ley de vida, la cosa ya no puede durar demasiado) para que puedan ser disfrutados en vida, sin tener que esperar a su deceso para que sólo puedan leerlos sus deudos? Pero en este país tan secularmente supersticioso, aunque se sea agnóstico, hay que esperar al dolor que causa la muerte para rellenar las cuartillas de rigor.

Curiosamente, el mismo domingo aparecía otra esquela de otra persona que se había ido “diciéndonos en silencio su adiós” y que firmaba su “compañera sentimental”. Si el hombre se había ido en silencio, ¿para qué tanto ruido mediático? Y además, ¿para qué firmar con ese latiguillo, pudiendo hacerlo simplemente con el nombre de pila de la viuda no legalizada? Los misterios lúgubres de la vida.

Publicado en on Lunes, 28 Abril 2008 at 6:40 am

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