Un producto superior

Aunque es difícil sustraerse al cien por cien, cuando una persona decide que no quiere ver ni escuchar publicidad, suele conseguirlo, ya digo, relativamente. Si es en la tele –y tienes el mando en plaza-, haces zapeo y santas pascuas. Bien es cierto que, a menudo, viendo tu serie favorita, ahí, cuando más desprevenido estás, no se sabe por qué (vamos, si se sabe), te cuelan de rondón el producto tal o el mensaje cual.

Cuando escuchas la radio (si no es la pública, claro), cada dos por tres te colocan la correspondiente ráfaga de anuncios, unas veces más cortas y otras más largas. También aquí, de matute, te meten el mensaje publicitario sin darte cuenta.

En la prensa, aparentemente puedes pasar más de lo que no quieras ver, pero ¿quién evita toparse en la página impar con un anuncio a toda plana del coche fantástico o de la gachí encoritates de dermoestética?

¿Y en la calle? ¿Saben ustedes la ristra de soportes que nos inundan ojos, nariz y oídos? Veamos: autobuses, cabinas telefónicas, paradas de bus, relojes, vallas y carteleras, kioscos, contenedores, columnas, monopostes, lonas publicitarias en edificios, centro comercial, andenes y pasillos de metro, trenes y aeropuertos, etc. La lista, por ese orden, está sacada del EGM.

Y decía lo de la nariz porque, aunque no quieras, ¿cuántas veces hemos pasado cerca de un puesto de castañas y no hemos mirado el letrero frontal de 6 castañas = 1 euro? ¿y cuántas no hemos caído en la seductora trampa de oler la colonia o probar los pinchitos que nos ofrecen en los grandes almacenes?

En definitiva, que el que esté libre de publicidad, que tire la primera piedra… Pero, por favor, que no lo anuncie.

Publicado en on Viernes, 9 Mayo 2008 at 7:19 am
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